Las coquette en el reina sofía
Durante los últimos veinte o incluso treinta años, los nichos digitales y las microcomunidades en internet han operado como espacios de exploración alternativos para la gestación de estéticas e imaginarios compartidos.
Sin embargo, su aspecto más relevante quizás sea su capacidad para constituirse como instancias de creación artística visual sometidas a un proceso de curaduría colectiva de carácter casi democrático. El principal obstáculo para la plena democracia en estos espacios no nace necesariamente de las propias comunidades, sino de la mediación impuesta por los algoritmos de las redes sociales y los motores de búsqueda, que actúan como filtros y condicionan qué contenidos emergen y se viralizan y cuáles permanecen invisibles.
En cualquier caso, la viralización de determinadas estéticas podría terminar por influir en las y los artistas, permeando eventualmente las salas de arte, museos y galerías. Es precisamente en este escenario donde emerge mi interés como artista por la exploración de estas microcomunidades. ¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para que estéticas como la coquette, el AI slop, el dreamcore o el Italian brainrot protagonicen las instituciones de arte contemporáneo más relevantes?
Poco a poco, podemos observar cómo estos imaginarios colectivos han ido filtrándose en la producción artística contemporánea, particularmente entre las generaciones más jóvenes. Resultaría necesario un ejercicio activo de ignorancia para no fijarnos en que, paralelamente, se filtran también las ideologías que acompañan a dichas estéticas desde su origen. Llegados a este punto, ya no es plausible sostener la idea absurda de que los imaginarios carecen de carga ideológica.
Como artistas contemporáneas y contemporáneos, es nuestra responsabilidad observar la evolución de estas tendencias y entender cómo participan en los espacios públicos. En el fondo, me da curiosidad si, para 2028, un fenómeno como la estética coquette dreamcore ocupará una sala temporal en el Museo Reina Sofía.